Silencio.
Froté mis manos entre sí, echando de menos los guantes. Localizaba en mi mente en qué lugar del cajón de la cómoda yacían sin ser usados. Típico de mí, llegar con el pensamiento antes que con la acción. Era demasiado tarde, ya estaba lejos de casa, así que aguantar el viento helado sería uno de los sacrificios de aquel día que empezaba a caer.
Caminé sin rumbo en busca de una cafetería, y vinieron a mi cabeza aquellas de marca americana en las que había un continuo bullicio y ruido de máquinas. Quería algo tranquilo, algo pequeño y cómodo. Así que anduve husmeando de local en local, hasta dar con el que me invitase a invertir mi tiempo.
Paré frente a una doble puerta donde los tiradores estaban forrados de follaje de plástico. Esto no me atrajo nada, pero el interior invitaba. Me adentré y sorprendida busqué una silla y una mesa. Las que quedaban libres no tenían pinta de ser muy cómodas, así que, elegí compartir un medio sofá en una pared donde la mitad superior estaba llena de baldas con libros usados.
El cincuenta por ciento del sofalín estaba ocupado por un caballero. No digo caballero desde mi anterior vida en el año 1875 d.c., pero es que me parecía tal cual la palabra lo describe. Por supuesto le pedí permiso para sentarme, y me miró a los ojos y asintió sin decir palabra. En ese lugar había tanto silencio, que la pregunta de ¿Puedo sentarme a su lado?, pareció un mitin político.
Pedí una limonada casera y un trocito de tarta de zanahoria. Y me di cuenta de que estaba nerviosa, porque notaba como era observada. En ese silencio sepulcral, solo con Chopin de fondo, mi masticar parecía enturbiar la magia de lo delicado que era el espacio. Parecía soez hasta respirar. Aun así, decidí mirar hacia mi derecha para encontrarme con la mirada del copiloto de asiento y sonriendo le ofrecí un pedazo de tarta. Asintió con la cabeza y pillo un trocito con la mano, que previamente yo le había cortado. Sonrío mientras masticaba y movía la cabeza. Yo solté una risilla, a la vez que decía muy bajito:
- Espero que sea de los pocos de este lugar que puede hablar. Aunque entiendo que es complicado susurrar lo buenísima que está esta tarta, más bien sería para gritarlo. Por lo que entiendo que se abstenga de cualquier comentario capaz de romper la barrera del sonido.
-Así es- me dijo al oído- No podemos ir más allá de gestos y monosílabos.
La situación me pareció muy divertida, al igual que interesante, y sobre todo inquietante por lo nerviosa que me ponía mi compañero de batalla contra el silencio.
Decidí continuar con el juego y saqué unos tickets de compra del bolso, y un bolígrafo de propaganda de una agencia de viajes. Dibujé unas copas y una botella en el envés, y mi número de móvil en la parte inferior con un recuadro en el que escribí: ¿Vino? ¿Champagne? ¿Agua con gas? En unos minutos te enviaré mi ubicación. Te invito a cualquiera de las tres bebidas, esta vez no hay tarta.
Pedí la cuenta, me despedí con aleteo de mano y dejé el ticket enrollado sobre su lado de la mesa. Sonreí y desaparecí de ese lugar precioso y de poco compartir.
En ese momento ya no husmee lugares, sino que tenía decidido dónde sentarme a observar a la humanidad con un buen brebaje. Allí junto a la ventana de uno de mis bares favoritos, vibró mi teléfono. En un rato brindaríamos y diríamos nuestros nombres. La vida comenzaba a cambiar de color.


So good to see your writing! Love it.