Todos enamorados.
He llegado a la conclusión de que la humanidad que me rodea está enamorada. Quizá de otras personas, quizá de alguna receta, quizá de alguna sintonía, pero todas sonríen a la pantalla que poseen entre sus manos como si fuesen los amantes de su vida.
El lunes tenía prisa cuando conducía llegada la noche, y el tráfico estaba demandante de paciencia. Intenté distraerme a través de la observación, descubriendo que era la hora perruna, esa en la que los dueños sacan a sus mascotas a pasear. La temperatura era perfecta y el atardecer anaranjado, receta perfecta para evadirse de las obligaciones y respirar del exterior. Les copiaría en unos minutos al llegar a casa y poner la correa a Bowie para salir y desconectar.
De repente entristecí, fui consciente que cada persona que me encontraba en mi camino a casa, tenía el móvil en su mano. Iban con la cabeza gacha, como si sus ojos ahora estuvieran en el cogote. Sus perros los paseaban a ellos, obligándoles a ir más rápido o a parar. Otros miraban hacía el frente mientras le hablaban a la base del teléfono enviando un mensaje. Algunos estaban parados con las piernas separadas, escribiendo con ambas manos, mientras su mascota, postrada a sus pies los miraba acostumbrada.
¡Se están perdiendo el atardecer! - pensé. -Pero este momento no va a volver, ¿qué cosa tan interesante e insustituible hay tras esta tecnología que nos saca de nuestras vidas y nos lleva a desaparecer?
Ha vuelto a darse esta situación, muchas ocasiones más durante la semana. En las cafeterías donde he estado, en el pasillo antes de empezar mi clase de yoga, en el ascensor junto con mis vecinos al bajar al garaje, en el parking frente al instituto de mi hijo (tanto por los hijos, pero sobre todo por los padres), en el metro, en los conductores de patinete que se cruzan en la rotonda, en los barrenderos del pueblo, en los trabajadores de cualquier negocio y por supuesto en sus clientes.
Es una ola gigante que nos cubre y cada vez es más complicado salir del mar sin ser arrollado por ella. Y eso, a mí al menos, me da bastante miedo. Pero no puedo prescindir de formar parte, de no estar en la onda, de no entender lo que ocurre en el mundo o con las nuevas generaciones.
Quiero mirar de forma positiva lo que hay:
Esas voces que ahora se multiplican. Esos seres lejanos que ahora parecen estar más cerca. Esta inmediatez de decir “llegando” o “te espero” o “comemos juntos”.
Los nuevos espacios de expresión artística, con videos, fotos y texto, haciendo más accesible el arte y a sus artistas.
Cómo los conocimientos están más democratizados y las voces marginadas encuentran eco y comunidad.
Y lo que más me gusta como los simbólico se mezcla con lo tecnológico.Es mágico lo que la humanidad ha conseguido.
Pero yo no quiero perder los amaneceres, el sabor de los churros de los domingos, la música en directo sin grabarla, los paseos conscientes escuchando la calle, las compras tocando los productos con las manos, las charlas en la escalera del vecindario, los guiños en el autobús, y las risas con los amigos conectados en el momento presente.
Si pierdo eso, pierdo mucho. Y ya no sabré que hay de interesante fuera de mí, ni que sentido tiene lo que hago y lo que soy.
Por eso voy a desconectar hasta el lunes, para volver a conectar. ¿Te animas?


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